martes, 11 de enero de 2011

A la deriva - 01 - Navegando a la deriva...

Navegando a la deriva...

Apoyo un pie en la barandilla de la cubierta, y miro al horizonte. Delante, hacia la derecha, se alza el sol. El barco está dejando atrás las nubes negras de una borrascosa tormenta. Acabo de salir de ella y no sé dónde estoy. Ni hacia dónde me dirijo. Y algo dentro de mí me dice que eso poco importa.

Miro hacia abajo, me hipnotizo observando cómo corta mi bajel el agua espumosa del mar del norte. Oigo truenos y me vuelvo. La tormenta amenaza. No sé si con perseguirme o con que no se me ocurra volver cerca de ella. Y suspiro. Poco importa. Afrontaré mi destino y las dificultades que me surjan.

Y oigo gaviotas. A lo lejos, aunque parece cerca, veo pequeños islotes, pero son demasiado pequeños y vacíos como para hacerme ilusiones de bajar en ellos.
Y de repente, más allá, oigo una voz que me arrastra... ¡oh, gran padre de los mares, Okéanos! Hace que mi alma se eleve por encima de mi cuerpo y de mi barco. Y vuela libre por un cielo azul limpio y sin nubes. La tormenta no se divisa ya por ninguna parte. Mi espíritu sigue el rastro de esa voz, paso por encima de los islotes que ví antes y... ahí está: una isla, pequeña también, pero con una cantidad de vida enorme.

Esta isla está llena de una vegetación rosácea y brillante... Y puedo apreciar, incluso desde el cielo, detalles preciosos repletos de vida. Ese tipo de detalles que sólo captan los artistas que trabajan con imágenes y las almas sensibles que aprecian su trabajo...

Planeo entre sus bosques, entre las ramas bajas y altas, enamorándome de este lugar, mucho más bello en su interior aún que visto desde fuera. Durante todo el paseo la voz me va guiando, hablándome y explicándome cómo es...

Me dice que vuelva, pero que no vuelva. Mi corazón me avisa que quizá es lo que me hace falta para estar completo, y a la vez que es muy complicado llegar hasta allí, y no está asegurada la felicidad. Mi alma vuela de regreso a mi barco y a mi cuerpo. Es entonces cuando veo los arrecifes que hay entre mi barco y la isla.

Y llego a mi cuerpo. Mi corazón físico late desbocado y casi jadeo. Ni lo pienso. Decido ir hacia la isla, a pesar de las pequeñas islas y de los arrecifes.
Me arriesgaré e iré a por aquello que el corazón me manda. Pero lo haré con movimientos suaves (tanto que parecerían tímidos a ojos de alguien externo) y con profundo respeto por la Isla y por los arrecifes.

Agarro el timón con ambas manos, respiro hondo, y pongo el rumbo...

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